domingo 22 de enero de 2012

¿Espiritualidad en nuevos modelos económicos?



La crisis de los sistemas económicos que estamos viviendo desde los últimos años, no es el único escenario visible de cambios en el modo de administración de recursos en el planeta. Paralelamente, la conciencia ecológica ha ido cada vez más en aumento, así como la constatación de que la idea de “desarrollo” tiene que ser seriamente analizada si no queremos  repetir de nuevo los viejos errores.

No hay mal que por bien no venga; la crisis de los modelos extremos del capitalismo nos hacen ahora pensar sobre cuestiones más esenciales que habían sido dejadas de lado, simplemente porque el mecanismo del sistema, nos hacía olvidar lo fundamental: ¿cuál es el fin del consumo de bienes? Esta pregunta no se la puede hacer aquel que está demasiado metido en el meollo del sistema. Ni el megaempresario ni el megaconsumidor. Ni los Donald Trump ni las Paris Hilton.

En los últimos años, los diversos cambios de ruta que vienen impulsando la vida en el planeta, han hecho emerger de nuevo la pregunta por el sentido. Ya no sólo son filósofos o teólogos quienes dicen que la cuestión del sentido debiera ser el eje de la sociedad, sino que esto termina siendo materia para los especialistas en temas económicos.

La pregunta es cómo puede darse un giro en el timón sin que el buque nos quede de lado. Pienso que los sistemas organizativos de la sociedad del futuro se vienen enfrentando a nuevos retos. Por ejemplo, si lo que constatamos es que las decisiones económicas toman la delantera hasta imponerse a las políticas de estado, y lo que es peor, que muchas de esas decisiones parten de intereses de colectivos minoritarios, entonces lo que se plantea es el cuestionamiento mismo de los sistemas jerárquicos en las tomas de decisiones.

Todo está atado a esta visión jerárquica. Ha sido siempre así y pensamos que incluso si cambian los paradigmas de organización social, siempre debe pensarse en función de esquemas jerárquicos. Si bien es cierto que en materia de comando y ejecución es inevitable una escala organizativa de este tipo, en materia de tomas de decisión debiera pensarse otros modos de convocatoria.

El a priori de los sistemas económicos que nos han llevado a la situación actual es que existe gente preparada y otras que no lo están para pensar el curso que debe seguir una sociedad organizada. Pues bien, lo que se está demostrando en el Africa y en América Latina es que puede haber otras maneras de organizarse económica y financieramente. Por lo tanto, tomar en cuenta el curso de las decisiones económicas puede pensarse desde otras bases.

No es que la gestación de “empresa” o la misma idea de mercado estén en cuestión. Sabemos de sobra que el sistema en el que el mercado regula las transacciones de los individuos es parte del engranaje por el cual los individuos se colocan en relación unos con otros. Pero el tema de fondo es de qué manera construyo mi existencia y en función de qué finalidades. La economía debiera ser un simple mecanismo en el que todos los individuos debieran tener suficientes facilidades para disponer de su tiempo de ocio en función de algo diferente que la transacción, es decir, del consumo de objetos -cuyo núcleo, lo sabemos, reside en el mecanismo de reproducción del consumo casi ad eternum.

Pienso por ello que el cambio quizá deba partir de los modos en que los que toman las decisiones económicas cambien su enfoque. Si piensan que la “masa” es un ejército consumidor de reservas de todo tipo, entonces seguiremos anclados en el mundo que estamos, poniendo parches en la cúspide de la pirámide pero que a la larga, no podrá soportar el edificio ya que con tanto remiendo, toda la construcción terminará por ceder.

Quizá una de las fórmulas sea la de promover giros en el modo de pensar los roles profesionales y sociales. Es el caso de los “empresarios sociales”, que surgen desde los 80s y sobre todo en los 90s (el caso más célebre es el del Premio Nobel de la Paz 2006, Mohammad Yunus). En algunos casos se trata de especialistas de financiamientos para colectivos de escasos recursos, pero también se trata de empresarios cuyo fin es desarrollar a su vez nuevos mercados en los que distintos colectivos puedan ser capaces de desarrollar sus propios mercados y así generar financiamientos fuera de los circuitos monopólicos. El a priori aquí es que sin desarrollo social el mercado no llega a su plenitud. Por lo tanto es claro que cada vez más se piensa que los nuevos modelos deben desarrollar las intuiciones liberales aunque con un marcado sentido social.

Ahora bien…se preguntarán ¿qué tiene que ver esto con la espiritualidad? Pues mucho. Aquellos que se plantean estos giros en el manejo socio-político y económico parten de un fundamento que quizá no está suficientemente tematizado o consciente en todos ellos: el sentido de la vida no puede estar atado al paradigma de éxito que a su vez se base en la acumulación de bienes y de objetos cada vez más complejos. La felicidad no es una aritmética cuyos signos son las cosas que compramos o las que dejamos de comprar.
La ansiedad a la que empuja el sistema de consumo contemporáneo hunde al individuo en el olvido del sentido de su existencia y el significado de la felicidad. El sistema laboral en el que el sujeto pasa horas de horas para acumular posibilidades de crédito que luego echa en la caldera del consumo para alimentar la máquina cada vez más voraz, no le da tiempo para pensar si la tecnología de punta que siente que “debe comprar” o si las vacaciones en las que “tiene que” viajar, o las “comodidades” que debe ganar, realmente le hacen esencialmente más feliz.

Creo pues que en el futuro, deberá haber más inclusión de los temas que exploren el sentido de la existencia en las “ciencias” económicas o políticas de modo que ayuden a explorar cómo el ser consciente del sentido, puede realmente agregar mayor “calidad de vida” a individuos y colectivos. Quizá entonces podremos darnos cuenta que no puede haber sistemas económicos ni políticos que no sean pensados de un modo espiritual. Porque una vida que no se plantea estas directrices termina por confundirse con las cosas que nos compramos o acumulamos y, oculta bajo esos maquillajes, al envejecer, le cuesta más trabajo volver a lo esencial. Creo que los tiempos que vivimos están gracias a Dios, levantando estas capas de maquillaje y de inútil botox. No es que los objetos materiales sean en si satanizables, pero su consumo no es el sentido. El sentido está en otra parte. La economía por eso, podría ser una herramienta del espíritu, antes que una mera regulación en beneficio de un mecanismo material.

domingo 15 de enero de 2012

Desmitificando la Mística



Algunas personas se sorprenden de que un religioso o sacerdote pueda tener simpatías con Nietzsche. O con Marx. Quizá menos con Freud, por eso de que a la larga el diván reemplazó de a pocos al confesionario. Como suele suceder, los estereotipos pegan etiquetas a la gente de acuerdo a sus oficios, desvirtuando y hasta a veces confundiendo el sentido de sus prácticas reales.

A mí -como a muchos otros religiosos o sacerdotes-  Nietzsche en particular me habla mucho porque rescata algo que en el fondo es esencialmente cristiano: un amor profundo a la vida, en su intrínseco e intenso movimiento de comunicar la libertad. La mirada de historiador además me ha ayudado a arrancar algunas malezas que pueden confundir inútilmente. El cristiano promedio (es decir, con fuerte tendencia dogmática) no percibe que las críticas ácidas de Nietzsche a la actitud de Cristo -sobre todo en lo que respecta a la compasión- deben leerse en el contexto del marcado puritanismo reaccionario del XIX. Se olvida que pese a dichas críticas acerbas, en otros pasajes el filósofo alemán también afirma que el único cristiano es Aquel que murió en la cruz  -agregando claro está, que la Iglesia habría sido la culpable de la distorsión de lo enseñado por Cristo. En fin. Los análisis abundan. Sólo he iniciado este post aludiendo a Nietzsche porque si hay algo que él detectó muy bien es el fundamento de muchos equívocos en el modo en que vivimos la fe de Jesús. Nietzsche lo identificó con el platonismo metafísico, ese que proyecta un mundo “celeste” totalmente desvinculado del terreno, es decir, del cuerpo, de las emociones, de todo ese centelleo de sensaciones que a fin de cuentas, constituye el día a día de lo que vivimos o deseamos vivir.

Pues bien, más pasa el tiempo  y a medida que ahondo la reflexión sobre la espiritualidad, más llego a la conclusión de que si no llegamos a entender que la encarnación de nuestra existencia pasa por un vinculo radical con lo terreno, no seremos realmente fieles a Cristo. Si los creyentes nos quedamos atados a preocupaciones casi sectarias como las lamentaciones de que tenemos menos vocaciones, o que las iglesias están más vacías, o si la liturgia de los neocatecumenales debe o no ser aprobada por Roma pues…estamos perdiendo el sentido de la ruta trazada por Aquel que entregó su vida por liberar de las cargas a los que más estaban oprimidos por ellas.

Lo peligroso es que construimos teorías e interpretamos desde ese platonismo, casi de manera natural. ¡Es tan fácil huir para no enfrentar la dificultad de vivir! Ayer resultaba fácil hacer esos “trasmundos” que tanto fustigó Nietzsche. Hoy es más difícil. Los jóvenes ya no se tragan los camellos como antes. Ni pretenden licuar los mosquitos de lo que beben. En esta irrupción adolescente que estamos viviendo in crescendo y con vaivenes desde los años 60, algo se remece: la compulsión a erigir paradigmas inamovibles, dogmáticos. La llamada “caída de los grandes relatos” es parte de ese movimiento.

En este panorama es hasta cierto punto comprensible que haya conatos de reacciones neodogmáticas, de toda índole. En Francia, el clan Le Pen, en EE.UU., el Tea Party y los defensores del creacionismo. Y en el seno del catolicismo, los movimientos “neo” que intentan “rescatar” modos y estilos que signifiquen un retorno a tiempos en que todo estaba “más seguro”.

Contrariamente, creo más bien que los tiempos ameritan como para ver un poco más allá y aventurar exploraciones que antes eran impensables bajo tantos imperativos aceptados como venidos desde arriba. Uno de los desafíos, creo, es el que compete a la experiencia espiritual. Los cristianos no podemos pretender que la única experiencia espiritual válida es la que se subsume bajo criterios teóricos venidos del catolicismo. Es innegable que muchas personas que pertenecen a otros sistemas de creencias tienen experiencias que nosotros los cristianos, las interpretamos como “místicas”. ¿Debo o no considerar a un individuo como Neal D. Walsch (quien afirma en su Conversations with God haber sido partícipe de experiencias de unión con lo divino) un charlatán por el hecho de no comulgar con todo lo que a mí me enseña la Iglesia? ¿Debo considerar el satori budista como una experiencia que no tiene nada que ver con lo que yo entiendo como Dios, por el simple hecho de que en el budismo no existe una divinidad?

Hace ya varios años, el teólogo Bultmann levantó polvaredas al hablar de la desmitificación del cristianismo evangélico: “Creer en Cristo tal como los evangelios lo predican es experimentar y alcanzar la redención. Sin embargo, hemos de desmitificar las formulaciones evangélicas y tratar de ver el significado que poseen para nuestra existencia. ¿Qué significa, por ejemplo, creer en la cruz de Cristo? No significa creer en un acontecimiento del pasado que se realizó en Jesús, sino que significa “hacer de la cruz de Cristo la propia cruz, es decir, dejarse crucificar con Cristo”. Creer en el crucificado significa despojarse del yo. En eso consiste la salvación. La Cristología se reduce a Soteriología. La Cristología es “el esclarecimiento de la comprensión cristiana del ser”, “la explicación de la comprensión de fe del nuevo ser”: todo lo demás no son más que “representaciones mitológicas y conceptos cúlticos del sincretismo helenístico” (citado por Leonardo Boff, Jesucristo el Liberador, Sal Terrae 1980, p. 24).

De igual manera, los creyentes nos situamos ante el desafío de desmitificar muchas afirmaciones producto de interpretaciones venidas de un paradigma corporativo cerrado, dogmático. La experiencia espiritual, la experiencia mística, debe ser desvelada como una experiencia profundamente humana y quizá más al alcance de todos, antes que un signo de “santidad”, esto es, de una singularidad “especial”. Si no la vivimos, más bien deberíamos preguntarnos por qué. Quizá Dios nos ha dado todos los medios en la vida, para conectarnos profundamente con El. El que no lo hagamos responde a torpezas u obstáculos del modo de vida que hemos hecho a través de cientos de años. No  pongamos entonces impedimentos a la experiencia de Dios como quizá lo hacemos por “pegarnos a la letra” de teorías que merecerían revisarse. El “místico” es quizá un personaje más natural de lo que imaginamos. Y quizá nuestras maneras de interpretar la experiencia religiosa, desde el dogma, no está ayudando a que esa experiencia de unión con Dios, se de de manera más natural.

Mientras más sigamos atados a la metafísica platónica menos dejaremos a Dios actuar como lo quiso Jesús.  Karl Rahner visualizó hace algunos años el futuro del cristianismo en estos términos: el cristiano del siglo XXI será místico o no será. Eso no quiere decir que quien viva una experiencia mística se desencarne, se despoje del cuerpo y que flote en los cielos como en el Fedón de Platón. Quizá los místicos del mañana  están llamados a ser humanos, demasiado humanos. Exactamente como lo dijo Nietzsche...fuera de la Iglesia.



sábado 31 de diciembre de 2011

Los Top del 2011, escenas para meditar "la planicie o redondez del mundo"



En el recuento que se hace de las noticias al fin de este año que pronto acaba, se evidencia la continuidad de los problemas humanos sin solución: guerras, revueltas contra la opresión, desastres naturales y …escándalos sexuales, dando el toque de morbo en escenarios cada vez más interconectados unos y otros gracias a las redes de todo tipo que entreteje la Internet.

Pero en los eventos del 2011, hay algunos chispazos que me dan la sensación de que un mundo está dando paso a otro, algo así como un pequeño chirrido de bisagra. Nada nuevo en su totalidad, pero…algo así como un atisbo de novedad parece fulgurar de modo furtivo en el panorama.

Lo primero es quizá muy subjetivo, pero que puede objetivarse como si se tratase de un rasgo común a una serie de noticias y eventos ocurridos a lo largo del año en curso: creo que este año se ha percibido de manera más contundente, el que pertenecemos a una sociedad que respira planetariamente. La conciencia de estar interconectados nos lleva a asociaciones de ideas que antes ni pasaban por nuestra cabeza, al menos de modo más “objetivo” . El lector de hoy especula con más posibilidad de estar en la verdad, el por qué de las decisiones de Washington. Es así que indaga el por qué de la matanza de Osama y sus más cercanos seguidores: mientras algunos la aplauden y se sienten reconfortados con su dolor arrastrado por diez años, otros inquieren sobre la legitimidad de dichas acciones (algo así sucede en estos días en nuestro país…).La sangre clama sangre, en eso seguimos siendo Caín.

La repercusión dada a la muerte de Steve Jobs da cuenta del grado de conciencia que se ha expandido respecto de la importancia que tiene la tecnología y la interconectividad mediante el aumento de ofertas de de gadgets y cuyo boom se dio a lo largo del 2011 (el despegue de las tablets así como de la ampliación de gamas de smartphones).

En conclusión el primer fenómeno importante que a mi juicio, se ha generado a lo largo del 2011, es esta megaconciencia planetaria del efecto tecnológico como a priori de la globalización en la que los individuos ya se sienten parte, de modo concreto, por la circulación de información y por su activa participación en ella. De aquí se refuerza la conciencia de estar en un proceso histórico realmente distinto, en medio de la construcción de un “mañana” radicalmente diferente.

Lo segundo es el proceso de los países árabes en la llamada “primavera árabe” y que a mi juicio indica el despegue de un proceso particular de “secularización” en los modelos políticos de los países árabes y de mayoría musulmana. Todavía es muy temprano para imaginar por dónde irán desplazándose. Pero algunos elementos nos dan indicios de lo que podría suceder en el futuro: es curioso que en muchos casos hayan sido precisamente las mujeres de estricto velo en sus cabezas quienes tomaron la iniciativa de participar de sus reclamos democráticos, tal y como lo hizo Tawakul Karman en Yemen. Otras mujeres en Bahrein protestaban en público… rezando. Lina Ben Mhenni se ha convertido en una de las blogueras más seguidas desde Túnez… Todo parecería indicar que la democracia se nos va mostrando como un objetivo histórico que va alcanzando a distintas sociedades, sin por ello perder el vínculo con lo espiritual o lo religioso, tal y como podría inferirse de los procesos culturales previos en Europa o el Hemisferio norte.

El proceso del Medio oriente encuentra su correlato europeo en el movimiento de protestas contra los sistemas económico-políticos iniciado en España el 15 de mayo (15-M) y continuado luego en un colectivo más masivo al que se le denominó los Indignados. El 15 de octubre se convocó por primera vez a una protesta mundial que se dio en más de 80 países. Algo sin precedentes. Dentro de este grupo hay que contar a aquellos auto-descastados que acampó nada menos que en New York y en las inmediaciones de Wall Street, en la cresta de una crisis económica que amenaza con ser cada vez más endémica en distintas partes del hemisferio norte. Los autodenominados We are the 99% han motivado a pensar de nuevo el rol e impacto de la protesta en las sociedades contemporáneas. No en vano, la revista Times ha elegido al protester (el “manifestante”) como el personaje del año 2011.

El cuarto hecho importante es la crisis financiera que toca al Dólar pero también al Euro y los espasmódicos movimientos de recuperación económica que han movilizado a las potencias europeas así como las ha enfrentado a percibir las fisuras del modelo financiero del liberalismo contemporáneo y que pareciera llegar a sus propios límites, agotado por una serie de contradicciones como aquella que hace que se haya pensado en una moneda única (el euro) conducida por supuestos criterios financieros comunes aunque llevados por variopintos países con culturas bastante disímiles.

¿Díganme si estos cuatro ejes (el incremento de la conciencia sincrónica planetaria mediante las redes y el empleo de tecnologías de punta para la comunicación; la primavera árabe, las protestas de los indignados y la crisis financiera internacional) no pueden leerse como señales de una sociedad que está en momentos de un cambio de época que coloca en tela de juicio sus paradigmas económicos, político-culturales?

No olvido los desastres naturales que parecen reforzar los escenarios apocalípticos de un “fin de mundo” que fascinan las mentes fantásticas de nuestros contemporáneos. Los 137 fenómenos climáticos que azotaron a 6 estados en el sur de los EE.UU. son para, al menos, sorprenderse. El terremoto en Japón y el desastre nuclear que le fue anexo, son junto con el escándalo de Strauss-Kahn parte de los imponderables de la naturaleza geográfica y de la humana. Respecto de la naturaleza poco podemos hacer, apenas la estamos comenzando realmente a conocer. Respecto de la naturaleza humana, lo de Strauss Kahn así como los distintos escándalos de pederastia (que continúan a desvelarse no sólo causados por representantes eclesiásticos, sino también por entrenadores de fútbol americanos en universidades de prestigio como Penn State o Syracuse) tenemos allí un programa más complejo. Hasta que la Iglesia no examine a fondo sus políticas de interpretación de la sexualidad, creo que estaremos huérfanos de luces para poder entender esta dimensión que sigue siendo un misterio para todos.

Pero este último párrafo repito, me parece el sonido del “bajo continuo” que acompaña la melodía más compleja de este año que pasó y que nos da a muchos, materia de meditación, de oración, de reflexión espiritual. Un mundo que parece comenzar una nueva etapa, eso es lo que me parece percibir a lo largo de este año intenso que acaba hoy. 

martes 27 de diciembre de 2011

Encarnación divina: una vida a fondo, sin temores



No me suelo quejar del consumismo como si éste fuese la representación del mal haciéndole la contra al Nacimiento de Jesús, que se supone estamos celebrando en estos días. No me quejo porque creo que el consumismo, es sólo una conducta más, como tantas otras del ser humano (como el comer, el beber, el reír, el entablar relaciones, el festejar… el habitar el mundo de la vida, a fin de cuentas) y que todo depende del modo en que uno la viva.

Lo digo porque en ese lamento que suelo escuchar en medio de creyentes conscientes e inquietos por el modo en que se celebra navidad, siento un ligero tufillo platónico detrás, como en tantas otras actitudes u opiniones dizque cristianas. En otras palabras, ¿no será que al reivindicar una muy “espiritual” encarnación de Dios en lo humano estamos pensando que ella tenga que ser casi desligada de las complejidades propias de nuestra condición terrena? ¿Por qué tenemos que pensar que el espíritu cristiano en la navidad no se vive también pese al exacerbamiento del intercambio de dones? A fin de cuentas en muchas sociedades tradicionales el afianzamiento de la confianza pasa muchas veces por este mecanismo. Claro que, lo sabemos, en este caso, hay otro tipo de representaciones que entran en juego, pero no por ello debemos desestimar que en la circulación de mercancías también se simboliza parte de nuestra específica animalidad –ok, de manera a veces un tanto grotesca-.

¿Qué es a fin de cuentas encarnarse? ¿Acaso se trata de vivir una vida desligada de los sentidos y de las confusiones, los excesos? ¿No forman éstos también parte de nuestra diaria contingencia? En el juicio de la vida común, por el cual pensamos que “más espiritual” es lo “menos desencarnado” (ergo, lo menos conflictuado) subyace una idea distorsionada del misterio de la encarnación divina.

Dios no se encarna para vivir desasido de la existencia. La encarnación mostrada en Jesús es prácticamente visceral: su vida se muestra como estrechamente vinculada por el sufrimiento de las personas. Pero también por la celebración. ¿Se han preguntado por qué Jesús escoge la imagen de las Bodas o del Banquete para hablar del Reino? Pues probablemente porque su experiencia de vida le hizo sentir en esos espacios de celebración aquello de lo que se trata y se espera de una existencia plena. Eso es algo que por ejemplo, los fariseos no podían entender, cuando comparaban Jesús con Juan el Bautista, miembro de una secta ascética y que propugnaba una vida de privaciones. Jesús refiere de sí mismo que lo sindicaban como “borracho y amigo de pecadores”, precisamente porque su contacto con el pueblo era mucho más estrecho y vinculante con emociones, sensaciones y una interacción con la existencia que estoy persuadido, no pasó por ninguna representación de “espiritualismo” tal y como lo solemos entender, desde el paradigma platónico, como una vida que “debe ser” lo más “alejada de la carne”.

Por eso, la encarnación de lo divino pasa por un real concernirse con la vida así como de la aceptación de la contingencia, es decir, de todo aquello que nos sea dado, incluso el infortunio. El problema de la aceptación es que algunos la caricaturizan como resignación y no entienden que aquella es ante todo una actitud reflexiva que implica la búsqueda de tener una clara conciencia del estado en que se encuentra nuestra existencia y qué pasos debemos dar respecto de nuestro devenir.  Es eso lo que se supone se llama encontrar la voluntad de Dios -uno de cuyos mecanismos es el discernimiento. Aceptar la contingencia no puede desentenderse de una encarnación que enfrenta la existencia con sus altos y sus bajos. Encarnarse es evitar la amenaza de la negación como una huida fácil del conflicto. Es saber enfrentarlos con un profundo sentido de realidad y objetividad.

A veces imagino a María, invadida de dolores de parto, tomando ella misma la iniciativa de buscar un espacio cualquiera, sin remilgos, casi de modo pragmático, para dar a luz a su Hijo. Probablemente José se sentiría culpabilizado por no encontrar un espacio aparentemente “más adecuado”. María supo aceptar la contingencia sin hacer demasiado aspaviento, y el resultado fue positivo. No tengo muchas dudas respecto a que la profunda objetividad y autenticidad de Jesús fueron transmitidas por su madre; creo que esa fue la base de su eficacia en tomar las decisiones adecuadas en el momento indicado. La cruz aparece así como el fruto final de un claro y continuo ejercicio de conciencia espiritual respecto de su rol en la historia. Su aceptación no fue pues resignación.

Mal haríamos los creyentes en seguir las viejas advertencias trasnochadas de una piedad sufriente por la cual confundimos aceptación de la existencia con resignación masoquista. Mal haríamos si pensamos que aceptar una existencia desde un sentido espiritual implica desligarnos de nuestras emociones y sentimientos. Que tenemos por delante la tarea de ejercitar nuestro espíritu en no perder de vista lo esencial y no dejarnos confundir con lo accesorio, es otra cosa. Pero mal haríamos en juzgar a la multitud de personas que en estas fechas parecen mostrarse “confundidas” y “olvidar” el misterio de la encarnación del Hijo llevadas por el aparente deseo de “consumir”.

 Qué no daría por encontrarme en estos días con gente que se siente feliz por sentir que su destino es divino y que ello le ha sido dado por el nacimiento del Primogénito, Jesús. Pero quizá es cada vez más difícil entender este evento fundacional de lo humano. Quizá tengamos que pasar, los cristianos todos, por una purga lenta y difícil hasta renovar nuestro espíritu y nuestro rol en la historia para poder transmitir mejor y más eficazmente este mensaje. Pero al menos reconozcamos que, en medio de la vorágine compra-venta,  un paréntesis de esperanza y de conciliación se abre entre los humanos con este intercambio de dones aparentemente frenético detrás del que también subyace el deseo de hacer feliz a los demás, aunque sea de una manera muy “carnal” o “superficial”.

Sinceramente, si Jesús volviese a estar entre nosotros y se diese un paseo el 24 de diciembre por la tarde en cualquiera de las calles del mundo, no creo que se sentiría defraudado. Todo lo contrario, lo imagino tan fascinado por nuestra especie como lo estuvo en cada uno de los días de su vida humana, desde que abrió los ojos en Belén.

domingo 11 de diciembre de 2011

La Trinidad, paradoja del Dios cristiano (I)



Una vieja historia de la tradición cristiana cuenta que San Agustín, paseando un día por el borde del mar y meditando sobre la Trinidad, se dio con un niño intentando colocar agua del mar en un pequeño hoyo que había hecho en la arena. Al preguntarle qué estaba haciendo, el niño respondió “Quiero poner toda el agua del mar aquí”; Agustín sonriendo de su ingenuidad, le replicó que ello era imposible. El niño a su vez le contestó: “pues más imposible aun, es entender la Trinidad”. El niño era una visión del mismo Cristo.

La anécdota refleja la dificultad intrínseca a la lógica de la revelación cristiana de un Dios Trino y Uno a la vez. Todos los creyentes hemos pasado alguna vez por el proceso de tratar de entender este “Misterio”. Al menos, en la catequesis. Lo de una luz que se refracta al pasar por un prisma, o de los pétalos de una flor o de los tres fósforos que unen sus fuegos en uno solo. Ninguna de esas imágenes nos es suficiente. Como suele suceder en las verdades de fe, pueden ser quizá más sencillas de lo que uno imagina, sin por ello dejar de ser inalcanzables por la razón. La paradoja es consubstancial a la fe.

La anécdota de la historia de Agustín enfrentado al misterio, habla del temor a pensar que por el hecho de que Dios es inalcanzable, no podamos seguir en nuestro empeño de conocerlo o entenderlo. La teología, la oficial y aquella no tan oficial de los místicos, es la muestra de este intento. Hoy en día además, pienso que debemos plantearnos estas preguntas al lado o junto a la proliferación de otras creencias, tanto de las viejas religiones como de las del new age que indican -nos guste o no, una sensibilidad cada vez más creciente por ese “misterio” de la existencia misma.

Cuando Cristo denominó Padre al Dios que había “heredado” en su tradición judía, no estaba haciendo nada que fuese una novedad; sólo llevaba al extremo una afectividad que no era tan común. Lo escandaloso fue que se situó como Hijo ante El y en esa intimidad, alarmó los espíritus anquilosados de sus compatriotas. Ahora bien, dos mil años después, con la transmisión de la información  (y sus secuelas de confusión de contenidos, amén de la simplificación de las explicaciones pastorales o del congelamiento de las metáforas propias de la nominación de una realidad trascendente hasta caer en el literalismo) lo que tenemos es que en la sociedad post-cristiana la noción de “misterio” termina por ser cajón de sastre en el que se mete todo aquello que no se entiende y que debería explicarse mejor. Los libros de teología de hoy, muchos de ellos fascinantes, abordando temas complejos y variados que van desde el análisis de la creación a la luz de Darwin o la mecánica cuántica, los temas de género y la sexualidad, la bioética y la ecología, etc, no llegan al público, máxime en un país como el nuestro en el que la reflexión intelectual intra-eclesial deja mucho que desear.

El resultado: no abordamos temas centrales de nuestra fe como el tema del sentido y significación de nuestra creencia trinitaria ante al embate de creencias igualmente complejas y a las que no sabemos cómo “enfrentar”. El enemigo no necesariamente lo tenemos fuera de nuestro circuito cristiano; está dentro y quizá al interior de nosotros mismos, en medio de nuestros miedos e ignorancias que no nos dejan aflorar nuestros cuestionamientos para tematizar conceptos y reflexiones que son cruciales para la vivencia de nuestra fe.

Termino este post con sólo una idea, extraída de la corriente mística de la Iglesia. Para Henri Herp (o Harphius), franciscano del siglo XV, el ser humano es capaz de ver a Dios gracias a la contemplación, ejercicio de una oración que penetra en un proceso lento de abstracciones, hasta llegar a “ver” a “Dios sencillamente se manifiesta sin distinción de personas, tan sólo en la desnudez de su naturaleza y sustancia. Pero no se manifiesta tal cual es en su inefable gloria”. Dicho de otra manera, el Dios trinitario lo es en tanto que se relaciona mediante esta manifestación con nosotros humanos. Místicos como Eckhart llegan a hablar de la “Deidad”, principio divino por antonomasia que en esta vida terrena no podremos entender. Antonio Ruiz de Montoya, místico limeño del siglo XVII dice que en estas cumbres de la comprensión de lo divino, lo que el alma percibe es antes que un descubrimiento, un encubrimiento, y que paradójicamente, este encubrir nos revela con mayor claridad la inefabilidad (es decir, que nada puede decirse) e incomprensibilidad de esta Deidad (o Dios “Uno”).

Esta es pues, una primera dimensión del Dios revelado por Jesús, el Dios “Uno” que sobrepasa nuestra comprensión humana. De El emana la misma “creación” y todas las creaturas que puedan existir en esta y en múltiples virtuales dimensiones paralelas como las imagina la ciencia contemporánea. En El vivimos, nos movemos y existimos (Hechos 17, 28). Esta noción de lo divino es la que más nos acerca a todas las otras religiones. Un Dios cuyo nombre “está sobre todo nombre” (Fil 2, 9), inefable, que sobrepasa nuestro entendimiento.

Sin embargo, el cristianismo también nos ha dotado de otra intuición poderosa y que compete a la humanidad: ese Dios cuyo nombre está sobre todo nombre, incomprensible y Misterio total es, paradójicamente a la vez, íntimo y cercano debido a su rol protector y paternal. Pero también es intrínseco a lo humano, potencialmente revelable en cada rostro y ser humano por su naturaleza filial. Y a la vez, ese mismo Dios misterioso no hace sino actuar dinamizando todo lo creado, insuflándolo de su “espíritu”. Esta dimensión trinitaria, es la cara “humana” de la comprensión de esa Deidad incomprensible. Así, el Dios misterio es a la vez, un Dios totalmente íntimo a nosotros, en el concepto trinitario. Paradoja que se explicaría por nuestra naturaleza semi-divina. Volveremos sobre este punto luego.


domingo 27 de noviembre de 2011

Adviento: la esperanza de no esperar en vano


Es probable que muchos hayan olvidado que en el tiempo cristiano, la celebración del nacimiento de Jesús es tan central, que hay un tiempo para prepararlo. Ese tiempo es lo que conocemos como adviento. Significa el tiempo que vendrá quien ha de salvarnos (el “redentor”). La corona del adviento, hecha de ramas de pino, era un viejo símbolo precristiano que pasó a ser parte de las costumbres cristianas. Si me detuviese a examinar cada uno de los símbolos de la corona, no haría sino repetir lo que el lector encontrará en cientos de páginas al surfear la web. Me interesa más bien resaltar lo que este simbolismo trae a cuenta en el espíritu del cristianismo primitivo: el poder de la espera. 

El saber esperar es consustancial a nuestro destino humano. La espera es correlativa al sentimiento de fe, así como esencial para la vivencia del amor. No en vano la espera tiene la misma raíz que la palabra “esperanza” (spes: esperanza; sperare: tener esperanza). Saber esperar es estar habitado por el sentimiento de esperanza que sólo puede darse si se tiene confianza en la obtención de un profundo deseo. 

La esperanza es un sentimiento mediante el cual nos aferramos a la confianza en la obtención de algo en nuestro devenir. Nada nos lo comprueba. No tenemos “datos” capaces de proporcionarnos la certeza que obtendremos lo que nuestro deseo nos impulsa a obtener. La esperanza es un impulso, una fuerza que sostiene al sujeto frente a su futuro. Se supone que el cristiano, convencido de la verdad que para él constituye la revelación de Jesús, está totalmente imbuido de esta fuerza. Es eso precisamente lo que Pedro pretende decir en su primera carta cuando dice “estén preparados para dar cuenta a todo aquel que les pregunte la razón de la esperanza que está en ustedes” (1Pe 3, 15). 

Adviento es el tiempo para reforzar esa esperanza. Más allá de que seamos cien por ciento creyentes, ¿no les parece al menos útil el hecho de dedicar un tiempo del año a inducir en nosotros el sentimiento de una espera confiada? 

Ahora bien, si aquello en lo que consiste el adviento para el creyente promedio es la espera del tiempo de celebración del nacimiento de quien consideramos el “redentor” del género humano, no está de más pensar que reforzar un sentimiento de espera, habitada de la esperanza es algo que de otro lado no responde necesariamente a una confesión religiosa particular: es patrimonio de toda la especie humana.  Esperamos que nuestro devenir tenga sentido, más allá de las mareas y tormentas; esperamos que cada paso que demos colabore en el siguiente y que no tropecemos más de lo que lo hemos hecho. Esperamos que sentir paz en nuestro espíritu no sea tan difícil de conseguir, pese a los contratiempos. Esperamos con una dosis de estoicismo ya que lo contrario sería caer en la ingenuidad que no quiere reconocer que el paso por la existencia no está exento de complejidades y adversidades. 

El tiempo de adviento dura más o menos un mes. Pero en realidad si hundimos nuestro espíritu en lo real de la existencia, con una perspectiva de fe en que nuestra vida terrena no es más que una mínima parte de nuestro recorrido eterno, entenderemos que toda nuestra vida es una preparación constante, llena de altibajos, aprendizajes o aterrizajes forzosos, despegues inesperados, turbulencias, agitaciones y abulias que parecerían no acabar, miedos, desazón y…esperanzas de toda índole. Todo ello como un bajo continuo de espera. Esperamos desde que nacemos; creemos que cada día puede darnos un atisbo de ese “reino” del que habla el Evangelio. 

La única oración que enseñó Jesús lo dice claramente, adveniat regnum tuum. Con espíritu real, honesto, el tiempo de adviento puede ser vivido como un ejercicio espiritual de intensificación del sentimiento que nos hace adquirir la valentía de enfrentar la existencia con esa dimensión de profundidad de la que hablaba el teólogo Tillich y que no es otra que la que debe haber cuando hablamos de Dios. Adviento es pues, afianzar el sentimiento de espera del encuentro con Dios. Vale la pena ejercitarnos entonces en esta esperanza. Aun y cuando no siempre veamos la luz. Tarde o temprano, ella llegará a nuestras vidas.

domingo 6 de noviembre de 2011

De lo que no se puede hablar, mejor es cantar.


Juan de la Cruz, el místico carmelita, tuvo un éxito sin precedentes en la literatura espiritual. Pero quizá lo logró más que por la estructura de sus textos especulativos, por los poemas que escribió. Pues quien dice poesía, dice ritmo, dice música. Y eso tiene más pegada que el discurso teórico.

De acuerdo al modo en que razonamos en las culturas influidas por occidente, lo más convincente es lo mejor argumentado. A su vez, lo mejor argumentado obedece a reglas lógicas, secuenciales, por las cuales se intenta “verificar” una supuesta hipótesis sobre la realidad. En la teología cristiana sucede igual. Aun y cuando sus premisas apelen a un acto de fe, lo cierto es que ellas actúan como principios apodícticos (de apodeixis, esto es, demostración).

Sin embargo, si bien el concepto de apodeixis está estrechamente ligado desde el pensamiento griego al discurso argumentativo, San Pablo lo hizo suyo para ir un poco más allá. Por ejemplo dirigiéndose a los corintios les dice que “Mi palabra y mi predicación no tenían nada de la argumentación persuasiva de la sabiduría humana, sino que eran demostración del poder del Espíritu”. Aquí Pablo usa “demostración” como algo que muestra algo de manera distinta a la meramente argumentativa. Habla de un “poder del Espíritu” que le lleva a ser convincente aunque de forma diferente. No tendremos nunca la experiencia de oír a Pablo, pero imagino que en su modo de dirigirse a sus auditores tenía mucho de aquello que será igualmente importante en la teoría espiritual monástica no escolástica: los recursos afectivos. Aquello que simplificado hasta llevarlo a lo naïf se presenta en algunos espacios como hablar desde el corazón.

Pues bien, la música suele estar asociada a un hablar desde el corazón. Igualmente, la poesía, que no es sino palabra sazonada de ritmo. Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús tuvieron éxito no sólo porque hablaron desde el corazón, sino porque con toda probabilidad, cantaron. Podremos mejorar nuestro análisis cuando aparezcan más estudios que asocien de manera científica el canto a la actividad que conocemos como “espiritual” y esto a su vez, a dimensiones cognitivas (algo de lo último se ha hecho en el campo de la musicología cognitiva, por ejemplo: Daniel Levitin, un reputado neurocientífico y psicólogo cognitivo, además de productor musical, tiene varios estudios premiados sobre la relación entre la música y el cerebro; un proyecto que liga además lo espiritual se ha iniciado hace un par de años en la universidad de Davis, California: http://tarp.ucdavis.edu/).

Julia Kristeva tiene una hipótesis fundamental en su teoría de lenguaje que me parece interesantísima para aplicarla al estudio de lo que sucede en la comunicación espiritual. Para ella la conceptualización se da en el espacio que ella denomina simbólico. El estrato de las definiciones, de las delimitaciones de la realidad hechas por la palabra es ejercicio de lo simbólico. Pero previo a este movimiento compulsivo de delimitación (thesis, thético) tenemos una dimensión previa que biológicamente es el origen del humano: energías, pulsiones que de cierto modo ya generan el espacio de origen de la palabra, es decir, en cuanto movimiento intencional de comunicación. “Lugar” de ritmos, sonidos musicales, disonancias o armonías que van encontrando su cauce hasta “entrar” en la codificación simbólica. Ese es el mundo de lo semiótico, dice Kristeva.

Lo más interesante subyace en que para la semióloga de origen búlgaro, esa dimensión semiótica, libre de las compresiones delimitadores de las definiciones lingüísticas, es el “lugar” por el que se debe pasar, como una suerte de “retorno” del individuo que trabaja en actividades creativas. Poetas y artistas, atraviesan el umbral de las definiciones establecidas, de los símbolos en que circulamos lingüísticamente, para poder abrirse paso a nuevas formulaciones en torno a la realidad.
Siguiendo esta perspectiva el ritmo sería algo así como el médium en el que el universo de definiciones adquiere consistencia real (las stasis, como las llama Kristeva). Y es hacia allí que debiéramos retornar para poder recuperar la libertad creadora y salir de toda esclerosis.

Ahora bien, como toda ruptura, ella no es inocente ni exenta de peligros. También es puede acarrear la pérdida de los limites cognitivos, característica de las psicosis. Por ello, los estados regresivos de la conciencia no siempre traen como consecuencia momentos de intensa lucidez sino también abismos que más vale la pena tomar en cuenta antes de lanzarse a ellos. No son pocos los artistas y músicos que viven en conflicto con la realidad.

Pero sucede igualmente con los místicos de la historia; la continua práctica de la meditación o contemplación espiritual bien puede estar a la raíz de experiencias que solemos llamar “místicas” y que quizá son simplemente aperturas existentes en nuestra propia biología a rememorar de dónde venimos, retornar a un origen universal que tantos santas y santas de la historia identifican con el mismo Dios. ¿Por qué no pensar que nuestro cuerpo está pues capacitado para atisbar esa realidad, sólo que somos torpes al no trabajar esa dimensión de nuestra naturaleza?

Quizá la receta pueda estar en aprender a poder “salir” de la compulsividad a la ortodoxia dogmatizante, algo que Jesús tantas veces atacó. Pero de otro lado tampoco podemos vivir en la incertidumbre que da el vivir tan desasidos de una realidad que necesita contornos definidos. Lo cierto es que nos cuesta salir de nuestras certezas con el fin de explorar otras dimensiones de esta misma realidad. La poesía y el canto quizá nos puedan ayudar a explorar esos universos latentes ya en esta vida, y a la vez, no salirnos tanto de ella. Finalmente, para algo hemos venido a la existencia terrena. ¿Y si fuese para cantar?