domingo 7 de marzo de 2010

Abolir la corrida de toros: ¿el colmo de lo humano?


Desde hace algunos días se viene debatiendo en el Parlament catalán la abolición de la tauromaquia. Que la polémica haya llegado a instancias políticas de España hace que el tema repercuta en el resto de países que heredaron colonialistamente, una práctica que sus defensores intentan por todos los medios, asociar a una “tradición cultural”. El hecho de apelar a una tradición popular y masiva no es sin embargo, argumento suficiente para salir en defensa de un espectáculo que coloca en el escenario no sólo el sufrimiento del animal sino ante todo, las pasiones humanas en su versión más violenta y sanguinaria, sólo que sublimada por los trajes de luces, las banderillas y las capas rojas, los caballos disfrazados y de vez en cuando, algunos individuos congénita y patológicamente de estatura reducida (“enanos”) que agregan a la parafernalia ritual el aspecto grotesco que forma una parodia de “arte”.

¿Existen argumentos morales para abolir las corridas de toros? Si y no. Si es que los hay, deberán elaborarse en función conceder a los animales un “valor” capaz de ser depositarios de una “moralidad”. En otras palabras, desde el momento en que la vida animal sea colocada en términos de cierta semejanza a la del ser humano, podrá iniciarse el debate que ahora está en juego. Algo de eso se viene haciendo en los últimos años. Algunas de las llamadas “ciencias naturales” han ido demostrando que aquellas características por las cuales el ser humano se erigía como único frente a las demás especies (la capacidad de comunicación, la resolución de conflictos, la expresión de sentimientos, la capacidad de pensamiento abstracto o la actividad sexual por el simple placer, entre otras) ya no son suficientes, pues ellas también se han detectado en otras especies animales (desde las ballenas hasta los chimpancés bonobos, esos parientes nuestros que comparten más del 98% de nuestro código genético). Todo este avance científico hace que la filosofía y la moral tengan que replantearse respecto de lo que podríamos llamar el estatuto moral de los animales, pero sobre todo del estatuto ético de nuestra relación con ellos.

Pero aun estamos lejos de un terreno sólido en este tipo de argumentación. ¿No tenemos entonces otra salida que recurrir a las herramientas clásicas de la argumentación moral? Pienso que sí. Y tenemos ciertos antecedentes. Emmanuel Kant, en sus Lecciones sobre ética observa que si bien el ser humano no tiene deberes directos respecto de los animales, lo cierto es que el modo en que los tratemos afecta nuestros deberes en tanto personas. Si un ser humano mata a un perro, dice Kant, no comete ninguna falta de un deber hacia el perro, ya que éste no tiene capacidad de juicio, pero dicho acto sí es inhumano y maltrata la humanidad del individuo, ya que un deber de esta humanidad es precisamente, mostrarla (no por un imperativo de deber puro, pero sí por aquello que el llama la “buena voluntad”); y es que para Kant aquel que es cruel para con los animales puede llegar a ser igualmente inhumano.

No me parece pues, que los argumentos que se deban esgrimir para abolir las corridas de toros tengan que recurrir a las razones en torno al sufrimiento del animal o del sacrificio cruel que se haga con ellos. Esas mismas razones nos llevarán indefectiblemente a los extremos en que se puede caer en las posiciones absolutistas de aquellos que defienden el “derecho de los animales” como si fuesen exactamente análogos a los de los Derechos del Hombre. Existen poderosos argumentos que nos hacen ver que en algunos casos el sufrimiento de los animales no podrá evitarse pues al hacerlo se podrá causar mayor sufrimiento a la humanidad (y esto en relación al consumo de animales así como a su uso en experimentos de laboratorio). En conclusión no existen hasta la fecha estudios que puedan validar un punto de vista a tal punto radical ni un estatuto claro de “moralidad animal”.

Sí creo que hay dos razones que deben pensarse al momento de exigir abolir las corridas de toros: uno es el desarrollo de nuestra conciencia respecto de los actos que cometemos y hasta qué punto nos relacionamos con nuestros deseos y pasiones. Christine Korsagaard, kantiana contemporánea, piensa que lo que distingue al ser humano de los demás animales es la capacidad de elabora normas. Siempre es posible para el humano preguntarse: “¿son estos deseos razones suficientes para pasar al acto? Es aquí cuando el ser humano es capaz de aplicar su elaborada manera de razonar para tomar distancia de nuestros impulsos y saber si ellos pueden pasar o no al acto. Esto presupone una “identidad moral” respecto de nosotros mismos (cosa que el animal no-humano no posee); en otras palabras, requiere una conciencia clara de qué tipo de personas queremos ser. Lo que aquí está en juego es el ideal de humanidad en uno. La segunda razón está estrechamente ligada a la anterior pero en dimensión colectiva; se trata de pensar históricamente como colectividad a la que pertenecemos. Por un lado, se trata de una pregunta que coloca en el tapete la vieja cuestión de la identidad nacional: ¿este acto (en este caso las corridas de toros) constituye algo esencial en nuestra identidad colectiva? Y de otro lado, implica también una conciencia global, hoy por hoy, fundamental en todo colectivo que pueble el planeta: ¿este acto se inscribe en la consecución de un ideal de mayor humanidad alcanzado en la historia?

Creo pues que si queremos debatir de modo razonable esta polémica, debemos ser claros respecto de qué humanidad cada uno de nosotros, queremos ser y representar. Si nos parece “natural” (por X razones:" tradición", "mis padres me llevaban", "me gusta el ambiente", etc etc) espectar un combate en el que las partes juegan de manera desigual (¡como en el circo romano!); si nos parece fácil poner entre paréntesis el sufrimiento y tortura de un ser vivo en medio de dicho espectáculo o creemos que aplaudir al triunfador nos hace sentir más involucrados en el “juego”…pues normalmente tendríamos que preguntarnos qué tipo de humanidad es esa que estamos siendo y representando. Y si de otro lado, un colectivo nacional se observa en este tipo de actividad como si ella fuese signo y esencia de su humanidad histórica, pues tendrá que ser capaz de definir qué tipo de humanidad es esa. No vaya a ser que de aquí a unos doscientos años -cuando mucho- nuestros descendientes se avergüencen de nosotros y digan, como muchos pensamos hoy al recordar la esclavitud de nuestros congéneres africanos: es que no tenían conciencia de lo que hacían.

Preguntas para trabajar:

  1. ¿Qué es la humanidad para mi?
  2. ¿Tengo una idea de qué tipo de ser humano quiero ser?
  3. ¿Cuál es el ideal de humanidad que tengo en mente?
  4. Si no tengo una idea de la humanidad que querría llegar a representar a través de mi…esto...¿me parece natural?

1 comentarios:

Manuel Seminario dijo...

Creo que debemos considerar a todo (eso incluye a los animales no humanos) como sujetos y no como objetos. No es necesario alimentarse con animales eso es un engaño, y menos necesitamos que los maltraten en laboratorios o centros de engorde.
bunditi