
Desde hace algunos días se viene debatiendo en el Parlament catalán la abolición de la tauromaquia. Que la polémica haya llegado a instancias políticas de España hace que el tema repercuta en el resto de países que heredaron colonialistamente, una práctica que sus defensores intentan por todos los medios, asociar a una “tradición cultural”. El hecho de apelar a una tradición popular y masiva no es sin embargo, argumento suficiente para salir en defensa de un espectáculo que coloca en el escenario no sólo el sufrimiento del animal sino ante todo, las pasiones humanas en su versión más violenta y sanguinaria, sólo que sublimada por los trajes de luces, las banderillas y las capas rojas, los caballos disfrazados y de vez en cuando, algunos individuos congénita y patológicamente de estatura reducida (“enanos”) que agregan a la parafernalia ritual el aspecto grotesco que forma una parodia de “arte”.
¿Existen argumentos morales para abolir las corridas de toros? Si y no. Si es que los hay, deberán elaborarse en función conceder a los animales un “valor” capaz de ser depositarios de una “moralidad”. En otras palabras, desde el momento en que la vida animal sea colocada en términos de cierta semejanza a la del ser humano, podrá iniciarse el debate que ahora está en juego. Algo de eso se viene haciendo en los últimos años. Algunas de las llamadas “ciencias naturales” han ido demostrando que aquellas características por las cuales el ser humano se erigía como único frente a las demás especies (la capacidad de comunicación, la resolución de conflictos, la expresión de sentimientos, la capacidad de pensamiento abstracto o la actividad sexual por el simple placer, entre otras) ya no son suficientes, pues ellas también se han detectado en otras especies animales (desde las ballenas hasta los chimpancés bonobos, esos parientes nuestros que comparten más del 98% de nuestro código genético). Todo este avance científico hace que la filosofía y la moral tengan que replantearse respecto de lo que podríamos llamar el estatuto moral de los animales, pero sobre todo del estatuto ético de nuestra relación con ellos.
Pero aun estamos lejos de un terreno sólido en este tipo de argumentación. ¿No tenemos entonces otra salida que recurrir a las herramientas clásicas de la argumentación moral? Pienso que sí. Y tenemos ciertos antecedentes. Emmanuel Kant, en sus Lecciones sobre ética observa que si bien el ser humano no tiene deberes directos respecto de los animales, lo cierto es que el modo en que los tratemos afecta nuestros deberes en tanto personas. Si un ser humano mata a un perro, dice Kant, no comete ninguna falta de un deber hacia el perro, ya que éste no tiene capacidad de juicio, pero dicho acto sí es inhumano y maltrata la humanidad del individuo, ya que un deber de esta humanidad es precisamente, mostrarla (no por un imperativo de deber puro, pero sí por aquello que el llama la “buena voluntad”); y es que para Kant aquel que es cruel para con los animales puede llegar a ser igualmente inhumano.
Sí creo que hay dos razones que deben pensarse al momento de exigir abolir las corridas de toros: uno es el desarrollo de nuestra conciencia respecto de los actos que cometemos y hasta qué punto nos relacionamos con nuestros deseos y pasiones. Christine Korsagaard, kantiana contemporánea, piensa que lo que distingue al ser humano de los demás animales es la capacidad de elabora normas. Siempre es posible para el humano preguntarse: “¿son estos deseos razones suficientes para pasar al acto? Es aquí cuando el ser humano es capaz de aplicar su elaborada manera de razonar para tomar distancia de nuestros impulsos y saber si ellos pueden pasar o no al acto. Esto presupone una “identidad moral” respecto de nosotros mismos (cosa que el animal no-humano no posee); en otras palabras, requiere una conciencia clara de qué tipo de personas queremos ser. Lo que aquí está en juego es el ideal de humanidad en uno. La segunda razón está estrechamente ligada a la anterior pero en dimensión colectiva; se trata de pensar históricamente como colectividad a la que pertenecemos. Por un lado, se trata de una pregunta que coloca en el tapete la vieja cuestión de la identidad nacional: ¿este acto (en este caso las corridas de toros) constituye algo esencial en nuestra identidad colectiva? Y de otro lado, implica también una conciencia global, hoy por hoy, fundamental en todo colectivo que pueble el planeta: ¿este acto se inscribe en la consecución de un ideal de mayor humanidad alcanzado en la historia?
- ¿Qué es la humanidad para mi?
- ¿Tengo una idea de qué tipo de ser humano quiero ser?
- ¿Cuál es el ideal de humanidad que tengo en mente?
- Si no tengo una idea de la humanidad que querría llegar a representar a través de mi…esto...¿me parece natural?

1 comentarios:
Creo que debemos considerar a todo (eso incluye a los animales no humanos) como sujetos y no como objetos. No es necesario alimentarse con animales eso es un engaño, y menos necesitamos que los maltraten en laboratorios o centros de engorde.
bunditi
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