Cuando uno seaproxima a los 40 años, la percepción de las cosas comienza a estremecerse un poco sin que sepamos por qué. En líneas generales todo sigue su curso; no son las cosas que cambian. Somos nosotros los que sentimos que lo hacemos. Quizá es eso lo que nos asusta: la misma idea de “cambio”. Una cosa es tener la habilidad para sobrevivir y otra, estar frente a una situación en la que nuestra supervivencia (o al menos, lo que sentimos como tal) se encuentra amenazada. ¿Saldré de este atoro? ¿Esto que me está sucediendo…tiene solución? ¿Cómo puedo hacer para enfrentar esto que me ocurre?
Hacia la “mediana edad” se supone que hemos aprendido lo suficiente como para poder manejarnos en el mundo. Si hemos tenido la suerte de sortear las dificultades –que siempre han estado allí sin que siempre hayamos sido conscientes de ellas- con la ingenuidad valerosa de la juventud, pues por lo general nos la habremos ingeniado para ejecutar alguna habilidad que nos ha asegurado lo necesario (a veces más, a veces menos) para vivir. Las estadísticas afirman que pese a ello, en medio de cualquiera de los caminos que hayamos elegido (en ese mismo momento que Dante Alighieri relata el inicio de su visión del “más allá”) un fenómeno abrumadoramente mayoritario sucede: la llamada crisis de la mediana edad. Algunos creen que en el caso masculino, ello se debe al decrecimiento de la producción de la testosterona, esa hormona responsable de algunas características de lo que culturalmente se entiende como “masculinidad”: mayor agresividad, fuerza muscular o vellosidad. Según un artículo del Journal of the American Medical Association esta situación puede además ser inducida por la dificultad para poder dormir de manera profunda.
No niego que pueda haber razones fisiológicas. Sin una lectura adecuada de los síntomas, no podremos descartar nunca ni discernir adecuadamente qué es lo que nos sucede en la vida espiritual. Creo sin embargo que las razones hay que buscarlas más bien en el sistema de vida que hemos construido los seres humanos, que no nos da la ocasión (ni el tiempo) para poder leer nuestro acontecer y poder prever adecuadamente el futuro tomando las decisiones adecuadas. Con el transcurso de los años puede caernos encima la desazón al constatar que estamos en medio de una vida que nos resulta incomprensible. Es entonces que algún síntoma (quizá meramente físico) puede ser el detonador de una confrontación para con nosotros mismos, situación existencial para la que el sistema no nos ha preparado de ninguna manera.
Vivimos pues al interior de procedimientos de vida en los que somos parte de un engranaje de la producción que nos absorbe de tal manera que toda reflexión existencial se perciba como algo innecesario. Una persona que fluctúa entre los 40 y los 50 muchas veces se ha acostumbrado a un ritmo rutinario del cual no ha tomado nunca distancia; el consumismo se ha vuelto no sólo una regulación de su vida cotidiana, sino la objetivación de que las cosas “están pasando bien”. Al igual que en el pasado rural muchos se aseguraban la existencia y su masculinidad contemplando la cantidad de hijos logrados, hoy en día tener un TV Plasma colgado en la pared o la 4 x 4 varada en el garaje puede para muchos, indicarles de modo “concreto” que hay una relación costo – beneficio adecuada, que no hay por qué preocuparse. Otros, aquellos que se creen más críticos, se aferrarán a la producción de sus ideas o a los decálogos y códigos que han manejado desde jóvenes y que de tanto repetirlos y ejecutarlos, no se dieron el tiempo para pensar si realmente creían en ellos o al menos, cuál era su sentido. Los tiempos cambian pero los sistemas construidos por el ser humano parecen no encontrar formas de prepararnos para la existencia. Las mediaciones religiosas aun con sus limitaciones eran las únicas formas que daban esa posibilidad. Pero hoy en día cuando todo eso parece disolverse, sólo quedan a la mano los psicoanalistas o los ansiolíticos, ambos, la mayor de las veces, convertidos en placebos.
En American Beauty Kevin Spacey protagoniza un sujeto que no puede contener el deseo de tirar todo por la borda porque ni el sofá de 4 mil dólares tan querido por su mujer ni el automóvil vintage le llegan a colmar. Lo mismo le sucede en A Single Man al profesor George Falconer, sin comprender qué le sucede y nada atraído por la posibilidad de enseñar en Stanford. En A Serious Man, de los hermanos Coen, el protagonista termina incluso hastiado de buscar respuestas en los rabinos de turno. Todos estos personajes hablan de un deterioro existencial del sujeto promedio de la postmodernidad. Las contradicciones a las que nos lleva el sistema actual quizá hacen más evidente que la vida no puede ser medida en función de sueños dejados de lado o por una intensidad que, a fin de cuentas, no es sino una construcción ideal magnificada por el mismo mecanismo artificial.
En ese sentido la conciencia de existir nos debiera conducir a aceptar que la vida adquiere sentido en la medida en que sepamos ver aquello en lo que estamos, afrontando la inexistencia de una "plenitud absoluta" y que seamos capaces de admitir que la felicidad nos viene casi sólo por chispazos -y que por ende, lo mínimo que podemos hacer, es aprender a percibirla y atesorarla en esa fragilidad y fugacidad. Una reflexión existencial puede hacernos así más dóciles para creer que pese a todo sí podemos ser felices, siempre y cuando salgamos de esa imperiosa auto-sugestión de que para serlo tenemos que “escapar” de aquello en que estamos cuando vemos que no se ajusta a nuestros ideales del pasado, o a aquello que los espejismos del sistema nos definen como felicidad.
Una percepción espiritual se inicia desde el momento en que nos entrenamos a ver, a oir, a sentir las cosas desde su propia emergencia en el instante. Desafortunadamente vivimos en un mundo en el que todo parece quitarnos de esta actitud “contemplativa”. El reto está en asumir una cierta resistencia ante el sistema y buscar algo que pueda reconectarnos con esa dimensión latente en nosotros. Ni hippies ni grunges. Pero tampoco yuppies o generación X, quizá el llamado de estos tiempos es a saber adaptarnos a un sistema que parece mostrarse cada vez más inevitable en el mundo contemporáneo, sin que por ello tengamos que aceptarlo con apática resignación. Una posibilidad de resistencia es la de apostar por actitudes y espacios de contemplación en medio de la vorágine de las actividades en las que estamos metidos, algo que quizá nos pueda preparar para no entrar (al menos no de un modo drástico) en la crisis de la mediana edad.
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