domingo 27 de noviembre de 2011

Adviento: la esperanza de no esperar en vano


Es probable que muchos hayan olvidado que en el tiempo cristiano, la celebración del nacimiento de Jesús es tan central, que hay un tiempo para prepararlo. Ese tiempo es lo que conocemos como adviento. Significa el tiempo que vendrá quien ha de salvarnos (el “redentor”). La corona del adviento, hecha de ramas de pino, era un viejo símbolo precristiano que pasó a ser parte de las costumbres cristianas. Si me detuviese a examinar cada uno de los símbolos de la corona, no haría sino repetir lo que el lector encontrará en cientos de páginas al surfear la web. Me interesa más bien resaltar lo que este simbolismo trae a cuenta en el espíritu del cristianismo primitivo: el poder de la espera. 

El saber esperar es consustancial a nuestro destino humano. La espera es correlativa al sentimiento de fe, así como esencial para la vivencia del amor. No en vano la espera tiene la misma raíz que la palabra “esperanza” (spes: esperanza; sperare: tener esperanza). Saber esperar es estar habitado por el sentimiento de esperanza que sólo puede darse si se tiene confianza en la obtención de un profundo deseo. 

La esperanza es un sentimiento mediante el cual nos aferramos a la confianza en la obtención de algo en nuestro devenir. Nada nos lo comprueba. No tenemos “datos” capaces de proporcionarnos la certeza que obtendremos lo que nuestro deseo nos impulsa a obtener. La esperanza es un impulso, una fuerza que sostiene al sujeto frente a su futuro. Se supone que el cristiano, convencido de la verdad que para él constituye la revelación de Jesús, está totalmente imbuido de esta fuerza. Es eso precisamente lo que Pedro pretende decir en su primera carta cuando dice “estén preparados para dar cuenta a todo aquel que les pregunte la razón de la esperanza que está en ustedes” (1Pe 3, 15). 

Adviento es el tiempo para reforzar esa esperanza. Más allá de que seamos cien por ciento creyentes, ¿no les parece al menos útil el hecho de dedicar un tiempo del año a inducir en nosotros el sentimiento de una espera confiada? 

Ahora bien, si aquello en lo que consiste el adviento para el creyente promedio es la espera del tiempo de celebración del nacimiento de quien consideramos el “redentor” del género humano, no está de más pensar que reforzar un sentimiento de espera, habitada de la esperanza es algo que de otro lado no responde necesariamente a una confesión religiosa particular: es patrimonio de toda la especie humana.  Esperamos que nuestro devenir tenga sentido, más allá de las mareas y tormentas; esperamos que cada paso que demos colabore en el siguiente y que no tropecemos más de lo que lo hemos hecho. Esperamos que sentir paz en nuestro espíritu no sea tan difícil de conseguir, pese a los contratiempos. Esperamos con una dosis de estoicismo ya que lo contrario sería caer en la ingenuidad que no quiere reconocer que el paso por la existencia no está exento de complejidades y adversidades. 

El tiempo de adviento dura más o menos un mes. Pero en realidad si hundimos nuestro espíritu en lo real de la existencia, con una perspectiva de fe en que nuestra vida terrena no es más que una mínima parte de nuestro recorrido eterno, entenderemos que toda nuestra vida es una preparación constante, llena de altibajos, aprendizajes o aterrizajes forzosos, despegues inesperados, turbulencias, agitaciones y abulias que parecerían no acabar, miedos, desazón y…esperanzas de toda índole. Todo ello como un bajo continuo de espera. Esperamos desde que nacemos; creemos que cada día puede darnos un atisbo de ese “reino” del que habla el Evangelio. 

La única oración que enseñó Jesús lo dice claramente, adveniat regnum tuum. Con espíritu real, honesto, el tiempo de adviento puede ser vivido como un ejercicio espiritual de intensificación del sentimiento que nos hace adquirir la valentía de enfrentar la existencia con esa dimensión de profundidad de la que hablaba el teólogo Tillich y que no es otra que la que debe haber cuando hablamos de Dios. Adviento es pues, afianzar el sentimiento de espera del encuentro con Dios. Vale la pena ejercitarnos entonces en esta esperanza. Aun y cuando no siempre veamos la luz. Tarde o temprano, ella llegará a nuestras vidas.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Buenas tardes:

Surgen un par de preguntas sobre el artículo. ¿Cómo es posible construir la esperanza de no esperar en vano cuando, si como se mencionó, no existe ninguna evidencia para la obtención efectiva de un profundo deseo?. Lo que existiría, y como también se mencionó, es un impulso y necesidad propia del ser humano por aferrarse a la esperanza y poder en ella sostenerse, pero ¿necesidades de este tipo, no llegarían muchas veces a desembocar en la ingenuidad e irracionalidad con el único fin de satisfacerse?.

Cordialmente,
Kevin

Juan Dejo dijo...

En efecto. La "esperanza" bien puede entenderse como la manifestación humana de ese impulso de vida que existe en todo viviente. Todo depende del sentido que confiera el individuo a su existencia. Eso quiere decir que se espera que todo ser humano sea capaz de trazarse un horizonte hacia el cual dirija sus sentidos, su mente, su deseo profundo. Dices bien al mencionar que las amenazas son la ingenuidad o la irracionalidad. Uno de sus nombres es también la fe.
El impulso del deseo a creer más allá de toda evidencia llenando mi vida de esperanza, debe ir acompañado de una dimensión trascendental, en la que "me proyecto" a que en el final de mi existencia, pueda percibir que el todo de mi vida haya sido pleno.
Por eso, para llegar a ello, sí creo que puede ayudar a fortalecer nuestro sentimiento de esperanza el ejercicio de la voluntad de creer, de esperar (como un niño que espera su regalo) aun y cuando con el tiempo nos demos cuenta que fuimos un poco tontos o ingenuos. Paralelamente, pienso, debemos también afianzar una dimensión trascendental, profunda y reflexiva, para no quedar atrapados en esa "conciencia ingenua" que puede ser signo de un mero ejercicio narcisista, como me parece que quieres decir.

Anónimo dijo...

¿Existe realmente, en el tema de la esperanza y de la fe, un impulso a creer más allá de toda evidencia, es decir, una suerte de voluntad por creer ciegamente?, o quizá por el contrario, ¿existe un impulso a encontrar evidencias que alimenten la confianza y por tanto la esperanza en el futuro? Al introducirse el tema de la dimensión trascendental, estrechamente ligado a la confianza en la obtención de un deseo profundo, ¿qué es lo que nutriría este sentir de trascendencia, no serían por ejemplo las evidencias de bien tales como el amor?
Una cosa es idear un deseo profundo (como querer eliminar el mal del mundo), pero otra es confiar y creer que verdaderamente pueda suceder. El grado de confianza o esperanza de que algo llegue realmente a realizarse, radicaría entonces en la buena o escasa evidencia de viabilidad que se tenga sobre lo que se quiere obtener.

Cordialmente,
Kevin

Juan Dejo dijo...

Concuerdo contigo en gran parte. Es decir, las "evidencias" como dices, facilitan o refuerzan el sentimiento o impulso a la fe, que llamamos esperanza. Pero no creo que sean condición sine qua non. Precisamente San Pablo por ello dice que la fe es "esperanza de aquello que no se ve". Y he allí su fuerza, cuando más allá de las evidencias, el impulso nos lleva en pos de ese deseo. Porque si colocamos esa esperanza sobre la viabilidad de su realización, lo que estamos haciendo ya no es "esperar" -en el sentido del post- sino asentarnos en un principio racional de verificación para a partir de allí, creer en la posibilidad de realización.
Sí creo como tu, que los actos, llamémosle, "positivos" afianzan mi acto de esperar. Pero la verdadera fe y esperanza se juegan en el terreno del vacío de evidencias, en una radicalidad que es abisal, que espanta y que nos deja sin piso.
Debo reconocer que una esperanza tal, es, paradigmáticamente, sólo posible de hallar en los Santos y grandes hombres o mujeres de la historia. Pienso en Cristo en medio de esa desolación profunda al contemplar la humanidad desde la cruz y sin ninguna evidencia de que lo que El había hecho hubiese tenido sentido y sin embargo...esperaba.
Prefiero creer que debemos "entrenarnos" sin evidencia para estar...mejor preparados.

Kevin Valdivia dijo...

¿La verdadera fe y esperanza se juegan en el terreno del vacío de evidencias?, ¿la fe que se genere de evidencias tales como la experiencia de bien deja de ser verdadera?

Frente a esta interrogante, considero que lo más pertinente para emitir un juicio de valor respecto a la fe cristiana, sería remitirse al origen filológico de la palabra, evaluando conjuntamente su desarrollo en el Antiguo y Nuevo testamento.

Israel emplea diferentes términos para designar su relación con Dios, quizás el más resaltante sea emunah, el cual evoca una cierta cualidad de confianza y firmeza en aquello que se conoce. Asimismo, la simbología empleada para hablar de Dios es la de una madre o tutor quien se encarga de cuidar, proteger y educar a su niño, creando en este la percepción de confianza hacia quien le demuestre tales atenciones.

Vemos, por tanto, que en la génesis de la fe cristiana está de manera manifiesta la experiencia del amor permanente de Dios hacia su pueblo, descubierta en la creación y conservación de sus criaturas. Serán por ello, acontecimientos tales como la liberación de Egipto, el viaje por el desierto, y la conquista de Canaán, los que demuestren a Israel la viabilidad de la creencia en un Dios amor y salvador que auxilia y atiende a las necesidades de su pueblo. La fe de Israel no tiene como principio fundante el mero asentimiento de ciertas verdades reveladas, sino que se sustenta fundamentalmente en su propia experiencia de vida e historia asistida por Dios.

Resulta a mi parecer, imprescindible tomar en cuenta al elemento de la experiencia para lograr una visión más completa de la dinámica de la fe. Digo dinámica, puesto que la fe de Israel es una respuesta a ese amor y a esa gracia concedida por Dios. La fe bíblica está encuadrada dentro de la íntima relación entre el Dios amor y salvador, y el pueblo agradecido de Israel que responde con su fe y obediencia. La fe, por consiguiente, entendida desde la tradición hebrea envuelve de manera fundamental e indispensable a la experiencia, y específicamente a las experiencias de bien, sean estas la de amor y cuidado. Al alcanzarse dichas experiencias, particularmente me es comprensible el surgimiento de una actitud de fiabilidad en asuntos tales como la existencia de una divinidad o en la obtención de un profundo deseo.

Ahora bien, el paso de la fe veterotestamentaria a la fe neotestamentaria no deja de lado este elemento central de la experiencia. Quizá uno de los mejores ejemplos sea la fe enseñada por Jesús, quien desde experiencias cotidianas como lo son las parábolas podía conectar a su auditorio con la dimensión divina o de gracia.

Creo, contrariamente a lo que usted considera, que muchos de los santos y grandes hombres de la historia han anclado su fe en experiencias y no en la nada. Quizá el mejor ejemplo sea la fe de Abraham, ya que contrariamente a lo que se suele pensar sobre su '’fe ciega’’, ésta representa una fe anclada en la experiencia. Luego de experimentar en su vida la compañía de un Dios que lo ama y lo protege de sus enemigos, Abraham concluye que no puede llegar al error de creer que aquel Dios al que percibió en su existencia lo pueda inducir a matar a su hijo. Las demás interpretaciones que se realicen de esta narración estarían pasando por alto su naturaleza ejemplificante.


*Falta la segunda parte (superé los caracteres permitidos)

Kevin V.

Kevin Valdivia dijo...

Ahora bien, con vistas a lo anteriormente señalado, pero tratando de tomar un poco de distancia de la reflexión teológica, para ingresar a la reflexión humana sobre la esperanza, usted menciona en su artículo: '’Esperamos que cada paso que demos colabore en el siguiente’’. ¿Si soy consciente de estar dando un mal paso, tendré esperanza y confiaré todavía que colabore con el siguiente?, ¿no cosechamos lo que sembramos, y si sembramos mala semilla, podremos aún creer que cosecharemos buen trigo?, y si lo hiciéramos, si aún creyésemos pese no solo a no tener evidencias favorables, sino que además existe un indicio que orienta el resultado por un camino, ¿está esperanza y confianza no estarían desbordando los límites de la realidad y corriendo el riesgo de caer en el cinismo?

Si creemos que el mundo puede ser un mejor lugar para vivir, definitivamente no lo hacemos con vista a las guerras o a toda la miseria existente, sino que miramos y ponemos atención en todo lo bueno que el ser humano ha sido capaz de crear, y será allí donde depositaremos nuestra confianza. Por tanto, esperar que cada paso colabore con el siguiente, no es una espera ciega, y no por eso pierde la cualidad de '’espera’’ en el sentido del post, puesto que habrán todavía muchos factores que determinarán la concesión o no de mi profundo deseo. Por ejemplo, di un buen primer paso, pero en el segundo tuve un calambre y no llegué adonde quise.

Por otro lado, coincido con usted en que existe un impulso a creer, pero ¿con qué se relaciona este impulso?, ¿con la experiencia de carencia, de fragilidad, o con experiencias límites de oscuridad?, si es así ¿es lo más conveniente que la fe surja de allí?, ¿no sería mejor que emerja de experiencias de bien como el amor? Creo que existe un riesgo al exaltar a la fe como una medida de solución a situaciones límites, y este es que se deje de lado a la experiencia religiosa, no obstante ser un elemento central de la fe cristiana. De suceder aquello, la fe se estaría constituyendo, tal como la concibió Rousseau, en una herramienta útil y práctica para el progreso grupal e individual, pero inmadura, irreflexiva y finalmente incoherente con su principio de gestación, es decir, la experiencia.

*Falta la tercera parte

Kevin Valdivia dijo...

Ahora bien, independientemente de la conceptualización bíblica de la fe, personalmente no creo que se pueda generar una fe religiosa ni humana (en el sentido de la confianza), desde el vacío de evidencias; por el contrario, pienso que la nada solo puede impulsar la nada, y si confío y espero que mi profundo deseo se cumpla, es porque tengo ciertos indicios en forma de evidencias que me permitirán desarrollar esa cualidad de firmeza y seguridad propia de la confianza y de la fe. Creo, por tanto, que la fe que tenga por sostén a la experiencia de bien, tendrá bases más sólidas para afrontar las adversidades y complejidades de la existencia, que aquella que no la tenga. Por ejemplo, luego de que un hijo percibe y experimenta el amor de su madre, es que se atreverá a confiar que de enfermarse en el futuro, su madre cuidará de él. En efecto, como señala Pablo la fe es ''esperanza de aquello que no se ve'', pero aun así se puede vivir y experimentar. Evidentemente nadie puede ver al amor, pero ahí está.

En este sentido, no creo que sea posible pedirle a alguien que opte desde la experiencia del mal por la fe o la esperanza, puesto que además del riesgo ya mencionado, estimo que quien no conoce al ''bien'', no está en capacidad de creer en él. Es como esta frase tan comúnmente usada de ''Dios es amor'', y por tanto si conoces al amor, conoces a Dios, pero ¿acaso todos conocen al amor?

Finalmente, usted señala que Jesús no tenía evidencias sobre el sentido de su obra, pero aún así esperaba y confiaba. Sin embargo, ¿no le pudo dar sentido el ver a ''pecadores'' convertir su vida al bien?, ¿no pudo ser ello evidencia de la efectividad de su mensaje, para así poder esperar confiadamente en que algún día llegue el ''reino'' a la humanidad? Pero si no fue así, y realmente no tenía evidencias de la efectividad y sentido de su obra, y por tanto en el momento de su muerte, como usted señala, afronta una profunda incertidumbre y desolación (contraria por cierto a la realización plena que se busca con la trascendencia), ¿qué le esperaría a los creyentes cristianos que buscan en la figura de Jesús un sentido a sus vidas?, ¿podrían ellos encontrarlo, o morirán al igual que él en la incertidumbre por el sentido que le dieron a sus vidas, tratando claro, de alumbrarlas con una luz de esperanza pero sin bases y muchas veces hasta confrontacional con la realidad?

*Esta es la última parte, gracias.

Cordialmente,
Kevin Valdivia