No me suelo quejar del consumismo como si éste
fuese la representación del mal haciéndole la contra al Nacimiento de Jesús,
que se supone estamos celebrando en estos días. No me quejo porque creo que el
consumismo, es sólo una conducta más, como tantas otras del ser humano (como el
comer, el beber, el reír, el entablar relaciones, el festejar… el habitar el mundo
de la vida, a fin de cuentas) y que todo depende del modo en que uno la viva.
Lo digo porque en ese lamento que suelo
escuchar en medio de creyentes conscientes e inquietos por el modo en que se
celebra navidad, siento un ligero tufillo platónico detrás, como en tantas
otras actitudes u opiniones dizque cristianas. En otras palabras, ¿no será que
al reivindicar una muy “espiritual” encarnación de Dios en lo humano estamos
pensando que ella tenga que ser casi desligada de las complejidades propias de nuestra
condición terrena? ¿Por qué tenemos que pensar que el espíritu cristiano en la
navidad no se vive también pese al exacerbamiento del intercambio de dones? A
fin de cuentas en muchas sociedades tradicionales el afianzamiento de la
confianza pasa muchas veces por este mecanismo. Claro que, lo sabemos, en este
caso, hay otro tipo de representaciones que entran en juego, pero no por ello
debemos desestimar que en la circulación de mercancías también se simboliza parte
de nuestra específica animalidad –ok, de manera a veces un tanto grotesca-.
¿Qué es a fin de cuentas encarnarse? ¿Acaso se
trata de vivir una vida desligada de los sentidos y de las confusiones, los
excesos? ¿No forman éstos también parte de nuestra diaria contingencia? En el
juicio de la vida común, por el cual pensamos que “más espiritual” es lo “menos
desencarnado” (ergo, lo menos conflictuado) subyace una idea distorsionada del
misterio de la encarnación divina.
Dios no se encarna para vivir desasido de la
existencia. La encarnación mostrada en Jesús es prácticamente visceral: su vida
se muestra como estrechamente vinculada por el sufrimiento de las personas.
Pero también por la celebración. ¿Se han preguntado por qué Jesús escoge la
imagen de las Bodas o del Banquete para hablar del Reino? Pues probablemente
porque su experiencia de vida le hizo sentir en esos espacios de celebración
aquello de lo que se trata y se espera de una existencia plena. Eso es algo que
por ejemplo, los fariseos no podían entender, cuando comparaban Jesús con Juan
el Bautista, miembro de una secta ascética y que propugnaba una vida de
privaciones. Jesús refiere de sí mismo que lo sindicaban como “borracho y amigo
de pecadores”, precisamente porque su contacto con el pueblo era mucho más
estrecho y vinculante con emociones, sensaciones y una interacción con la
existencia que estoy persuadido, no pasó por ninguna representación de
“espiritualismo” tal y como lo solemos entender, desde el paradigma platónico,
como una vida que “debe ser” lo más “alejada de la carne”.
Por eso, la encarnación de lo divino pasa por
un real concernirse con la vida así como de la aceptación de la contingencia,
es decir, de todo aquello que nos sea dado, incluso el infortunio. El problema
de la aceptación es que algunos la caricaturizan como resignación y no entienden que aquella es ante todo una actitud
reflexiva que implica la búsqueda de tener una clara conciencia del estado en
que se encuentra nuestra existencia y qué pasos debemos dar respecto de nuestro
devenir. Es eso lo que se supone se
llama encontrar la voluntad de Dios -uno
de cuyos mecanismos es el discernimiento.
Aceptar la contingencia no puede desentenderse de una encarnación que enfrenta
la existencia con sus altos y sus bajos. Encarnarse es evitar la amenaza de la
negación como una huida fácil del conflicto. Es saber enfrentarlos con un
profundo sentido de realidad y objetividad.
A veces imagino a María, invadida de dolores de
parto, tomando ella misma la iniciativa de buscar un espacio cualquiera, sin remilgos,
casi de modo pragmático, para dar a luz a su Hijo. Probablemente José se
sentiría culpabilizado por no encontrar un espacio aparentemente “más adecuado”.
María supo aceptar la contingencia sin hacer demasiado aspaviento, y el
resultado fue positivo. No tengo muchas dudas respecto a que la profunda
objetividad y autenticidad de Jesús fueron transmitidas por su madre; creo que
esa fue la base de su eficacia en tomar las decisiones adecuadas en el momento
indicado. La cruz aparece así como el fruto final de un claro y continuo ejercicio
de conciencia espiritual respecto de su rol en la historia. Su aceptación no
fue pues resignación.
Mal haríamos los creyentes en seguir las viejas
advertencias trasnochadas de una piedad sufriente por la cual confundimos
aceptación de la existencia con resignación masoquista. Mal haríamos si
pensamos que aceptar una existencia desde un sentido espiritual implica
desligarnos de nuestras emociones y sentimientos. Que tenemos por delante la
tarea de ejercitar nuestro espíritu en no perder de vista lo esencial y no dejarnos
confundir con lo accesorio, es otra cosa. Pero mal haríamos en juzgar a la
multitud de personas que en estas fechas parecen mostrarse “confundidas” y “olvidar”
el misterio de la encarnación del Hijo llevadas por el aparente deseo de “consumir”.
Qué no
daría por encontrarme en estos días con gente que se siente feliz por sentir
que su destino es divino y que ello le ha sido dado por el nacimiento del
Primogénito, Jesús. Pero quizá es cada vez más difícil entender este evento
fundacional de lo humano. Quizá tengamos que pasar, los cristianos todos, por
una purga lenta y difícil hasta renovar nuestro espíritu y nuestro rol en la
historia para poder transmitir mejor y más eficazmente este mensaje. Pero al
menos reconozcamos que, en medio de la vorágine compra-venta, un paréntesis de esperanza y de conciliación
se abre entre los humanos con este intercambio de dones aparentemente frenético
detrás del que también subyace el deseo de hacer feliz a los demás, aunque sea
de una manera muy “carnal” o “superficial”.
Sinceramente, si Jesús volviese a estar entre
nosotros y se diese un paseo el 24 de diciembre por la tarde en cualquiera de
las calles del mundo, no creo que se sentiría defraudado. Todo lo contrario, lo
imagino tan fascinado por nuestra especie como lo estuvo en cada uno de los
días de su vida humana, desde que abrió los ojos en Belén.


1 comentarios:
HOLA MI AMIGO ESPERO ESTE BIEN
UN PLACER SALUDARLE
REFERENTE A ESO DEL 24 DE DICIEMBRE,CREO QUE EL ALTÍSIMO, MI DIOS,SE SENTIRÍA FELIZ TOTALMENTE FELIZ, SI VIERA A LOS QUE COMPRAN REGALOS PARA SENTIRSE FELIZ ELLOS MISMOS PARA SENTIRSE FELIZ, COMPRAR REGALOS PARA VER FELICES A OTROS QUE NO TIENEN NI LO UNO NI LO OTRO.
Dios le bendiga
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