martes 27 de diciembre de 2011

Encarnación divina: una vida a fondo, sin temores



No me suelo quejar del consumismo como si éste fuese la representación del mal haciéndole la contra al Nacimiento de Jesús, que se supone estamos celebrando en estos días. No me quejo porque creo que el consumismo, es sólo una conducta más, como tantas otras del ser humano (como el comer, el beber, el reír, el entablar relaciones, el festejar… el habitar el mundo de la vida, a fin de cuentas) y que todo depende del modo en que uno la viva.

Lo digo porque en ese lamento que suelo escuchar en medio de creyentes conscientes e inquietos por el modo en que se celebra navidad, siento un ligero tufillo platónico detrás, como en tantas otras actitudes u opiniones dizque cristianas. En otras palabras, ¿no será que al reivindicar una muy “espiritual” encarnación de Dios en lo humano estamos pensando que ella tenga que ser casi desligada de las complejidades propias de nuestra condición terrena? ¿Por qué tenemos que pensar que el espíritu cristiano en la navidad no se vive también pese al exacerbamiento del intercambio de dones? A fin de cuentas en muchas sociedades tradicionales el afianzamiento de la confianza pasa muchas veces por este mecanismo. Claro que, lo sabemos, en este caso, hay otro tipo de representaciones que entran en juego, pero no por ello debemos desestimar que en la circulación de mercancías también se simboliza parte de nuestra específica animalidad –ok, de manera a veces un tanto grotesca-.

¿Qué es a fin de cuentas encarnarse? ¿Acaso se trata de vivir una vida desligada de los sentidos y de las confusiones, los excesos? ¿No forman éstos también parte de nuestra diaria contingencia? En el juicio de la vida común, por el cual pensamos que “más espiritual” es lo “menos desencarnado” (ergo, lo menos conflictuado) subyace una idea distorsionada del misterio de la encarnación divina.

Dios no se encarna para vivir desasido de la existencia. La encarnación mostrada en Jesús es prácticamente visceral: su vida se muestra como estrechamente vinculada por el sufrimiento de las personas. Pero también por la celebración. ¿Se han preguntado por qué Jesús escoge la imagen de las Bodas o del Banquete para hablar del Reino? Pues probablemente porque su experiencia de vida le hizo sentir en esos espacios de celebración aquello de lo que se trata y se espera de una existencia plena. Eso es algo que por ejemplo, los fariseos no podían entender, cuando comparaban Jesús con Juan el Bautista, miembro de una secta ascética y que propugnaba una vida de privaciones. Jesús refiere de sí mismo que lo sindicaban como “borracho y amigo de pecadores”, precisamente porque su contacto con el pueblo era mucho más estrecho y vinculante con emociones, sensaciones y una interacción con la existencia que estoy persuadido, no pasó por ninguna representación de “espiritualismo” tal y como lo solemos entender, desde el paradigma platónico, como una vida que “debe ser” lo más “alejada de la carne”.

Por eso, la encarnación de lo divino pasa por un real concernirse con la vida así como de la aceptación de la contingencia, es decir, de todo aquello que nos sea dado, incluso el infortunio. El problema de la aceptación es que algunos la caricaturizan como resignación y no entienden que aquella es ante todo una actitud reflexiva que implica la búsqueda de tener una clara conciencia del estado en que se encuentra nuestra existencia y qué pasos debemos dar respecto de nuestro devenir.  Es eso lo que se supone se llama encontrar la voluntad de Dios -uno de cuyos mecanismos es el discernimiento. Aceptar la contingencia no puede desentenderse de una encarnación que enfrenta la existencia con sus altos y sus bajos. Encarnarse es evitar la amenaza de la negación como una huida fácil del conflicto. Es saber enfrentarlos con un profundo sentido de realidad y objetividad.

A veces imagino a María, invadida de dolores de parto, tomando ella misma la iniciativa de buscar un espacio cualquiera, sin remilgos, casi de modo pragmático, para dar a luz a su Hijo. Probablemente José se sentiría culpabilizado por no encontrar un espacio aparentemente “más adecuado”. María supo aceptar la contingencia sin hacer demasiado aspaviento, y el resultado fue positivo. No tengo muchas dudas respecto a que la profunda objetividad y autenticidad de Jesús fueron transmitidas por su madre; creo que esa fue la base de su eficacia en tomar las decisiones adecuadas en el momento indicado. La cruz aparece así como el fruto final de un claro y continuo ejercicio de conciencia espiritual respecto de su rol en la historia. Su aceptación no fue pues resignación.

Mal haríamos los creyentes en seguir las viejas advertencias trasnochadas de una piedad sufriente por la cual confundimos aceptación de la existencia con resignación masoquista. Mal haríamos si pensamos que aceptar una existencia desde un sentido espiritual implica desligarnos de nuestras emociones y sentimientos. Que tenemos por delante la tarea de ejercitar nuestro espíritu en no perder de vista lo esencial y no dejarnos confundir con lo accesorio, es otra cosa. Pero mal haríamos en juzgar a la multitud de personas que en estas fechas parecen mostrarse “confundidas” y “olvidar” el misterio de la encarnación del Hijo llevadas por el aparente deseo de “consumir”.

 Qué no daría por encontrarme en estos días con gente que se siente feliz por sentir que su destino es divino y que ello le ha sido dado por el nacimiento del Primogénito, Jesús. Pero quizá es cada vez más difícil entender este evento fundacional de lo humano. Quizá tengamos que pasar, los cristianos todos, por una purga lenta y difícil hasta renovar nuestro espíritu y nuestro rol en la historia para poder transmitir mejor y más eficazmente este mensaje. Pero al menos reconozcamos que, en medio de la vorágine compra-venta,  un paréntesis de esperanza y de conciliación se abre entre los humanos con este intercambio de dones aparentemente frenético detrás del que también subyace el deseo de hacer feliz a los demás, aunque sea de una manera muy “carnal” o “superficial”.

Sinceramente, si Jesús volviese a estar entre nosotros y se diese un paseo el 24 de diciembre por la tarde en cualquiera de las calles del mundo, no creo que se sentiría defraudado. Todo lo contrario, lo imagino tan fascinado por nuestra especie como lo estuvo en cada uno de los días de su vida humana, desde que abrió los ojos en Belén.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

HOLA MI AMIGO ESPERO ESTE BIEN
UN PLACER SALUDARLE
REFERENTE A ESO DEL 24 DE DICIEMBRE,CREO QUE EL ALTÍSIMO, MI DIOS,SE SENTIRÍA FELIZ TOTALMENTE FELIZ, SI VIERA A LOS QUE COMPRAN REGALOS PARA SENTIRSE FELIZ ELLOS MISMOS PARA SENTIRSE FELIZ, COMPRAR REGALOS PARA VER FELICES A OTROS QUE NO TIENEN NI LO UNO NI LO OTRO.
Dios le bendiga