domingo 11 de diciembre de 2011

La Trinidad, paradoja del Dios cristiano (I)



Una vieja historia de la tradición cristiana cuenta que San Agustín, paseando un día por el borde del mar y meditando sobre la Trinidad, se dio con un niño intentando colocar agua del mar en un pequeño hoyo que había hecho en la arena. Al preguntarle qué estaba haciendo, el niño respondió “Quiero poner toda el agua del mar aquí”; Agustín sonriendo de su ingenuidad, le replicó que ello era imposible. El niño a su vez le contestó: “pues más imposible aun, es entender la Trinidad”. El niño era una visión del mismo Cristo.

La anécdota refleja la dificultad intrínseca a la lógica de la revelación cristiana de un Dios Trino y Uno a la vez. Todos los creyentes hemos pasado alguna vez por el proceso de tratar de entender este “Misterio”. Al menos, en la catequesis. Lo de una luz que se refracta al pasar por un prisma, o de los pétalos de una flor o de los tres fósforos que unen sus fuegos en uno solo. Ninguna de esas imágenes nos es suficiente. Como suele suceder en las verdades de fe, pueden ser quizá más sencillas de lo que uno imagina, sin por ello dejar de ser inalcanzables por la razón. La paradoja es consubstancial a la fe.

La anécdota de la historia de Agustín enfrentado al misterio, habla del temor a pensar que por el hecho de que Dios es inalcanzable, no podamos seguir en nuestro empeño de conocerlo o entenderlo. La teología, la oficial y aquella no tan oficial de los místicos, es la muestra de este intento. Hoy en día además, pienso que debemos plantearnos estas preguntas al lado o junto a la proliferación de otras creencias, tanto de las viejas religiones como de las del new age que indican -nos guste o no, una sensibilidad cada vez más creciente por ese “misterio” de la existencia misma.

Cuando Cristo denominó Padre al Dios que había “heredado” en su tradición judía, no estaba haciendo nada que fuese una novedad; sólo llevaba al extremo una afectividad que no era tan común. Lo escandaloso fue que se situó como Hijo ante El y en esa intimidad, alarmó los espíritus anquilosados de sus compatriotas. Ahora bien, dos mil años después, con la transmisión de la información  (y sus secuelas de confusión de contenidos, amén de la simplificación de las explicaciones pastorales o del congelamiento de las metáforas propias de la nominación de una realidad trascendente hasta caer en el literalismo) lo que tenemos es que en la sociedad post-cristiana la noción de “misterio” termina por ser cajón de sastre en el que se mete todo aquello que no se entiende y que debería explicarse mejor. Los libros de teología de hoy, muchos de ellos fascinantes, abordando temas complejos y variados que van desde el análisis de la creación a la luz de Darwin o la mecánica cuántica, los temas de género y la sexualidad, la bioética y la ecología, etc, no llegan al público, máxime en un país como el nuestro en el que la reflexión intelectual intra-eclesial deja mucho que desear.

El resultado: no abordamos temas centrales de nuestra fe como el tema del sentido y significación de nuestra creencia trinitaria ante al embate de creencias igualmente complejas y a las que no sabemos cómo “enfrentar”. El enemigo no necesariamente lo tenemos fuera de nuestro circuito cristiano; está dentro y quizá al interior de nosotros mismos, en medio de nuestros miedos e ignorancias que no nos dejan aflorar nuestros cuestionamientos para tematizar conceptos y reflexiones que son cruciales para la vivencia de nuestra fe.

Termino este post con sólo una idea, extraída de la corriente mística de la Iglesia. Para Henri Herp (o Harphius), franciscano del siglo XV, el ser humano es capaz de ver a Dios gracias a la contemplación, ejercicio de una oración que penetra en un proceso lento de abstracciones, hasta llegar a “ver” a “Dios sencillamente se manifiesta sin distinción de personas, tan sólo en la desnudez de su naturaleza y sustancia. Pero no se manifiesta tal cual es en su inefable gloria”. Dicho de otra manera, el Dios trinitario lo es en tanto que se relaciona mediante esta manifestación con nosotros humanos. Místicos como Eckhart llegan a hablar de la “Deidad”, principio divino por antonomasia que en esta vida terrena no podremos entender. Antonio Ruiz de Montoya, místico limeño del siglo XVII dice que en estas cumbres de la comprensión de lo divino, lo que el alma percibe es antes que un descubrimiento, un encubrimiento, y que paradójicamente, este encubrir nos revela con mayor claridad la inefabilidad (es decir, que nada puede decirse) e incomprensibilidad de esta Deidad (o Dios “Uno”).

Esta es pues, una primera dimensión del Dios revelado por Jesús, el Dios “Uno” que sobrepasa nuestra comprensión humana. De El emana la misma “creación” y todas las creaturas que puedan existir en esta y en múltiples virtuales dimensiones paralelas como las imagina la ciencia contemporánea. En El vivimos, nos movemos y existimos (Hechos 17, 28). Esta noción de lo divino es la que más nos acerca a todas las otras religiones. Un Dios cuyo nombre “está sobre todo nombre” (Fil 2, 9), inefable, que sobrepasa nuestro entendimiento.

Sin embargo, el cristianismo también nos ha dotado de otra intuición poderosa y que compete a la humanidad: ese Dios cuyo nombre está sobre todo nombre, incomprensible y Misterio total es, paradójicamente a la vez, íntimo y cercano debido a su rol protector y paternal. Pero también es intrínseco a lo humano, potencialmente revelable en cada rostro y ser humano por su naturaleza filial. Y a la vez, ese mismo Dios misterioso no hace sino actuar dinamizando todo lo creado, insuflándolo de su “espíritu”. Esta dimensión trinitaria, es la cara “humana” de la comprensión de esa Deidad incomprensible. Así, el Dios misterio es a la vez, un Dios totalmente íntimo a nosotros, en el concepto trinitario. Paradoja que se explicaría por nuestra naturaleza semi-divina. Volveremos sobre este punto luego.


1 comentarios:

ana dijo...

Querido Juan, siempre interesantes tus planteamientos. Ahora me dejas pensando que el concepto trinitario es precisamente eso:un concepto, un instrumento humano como el pequeño hoyo en la arena;la realidad última sería tan poco contenible en el hoyo como en el concepto. Tal vez la Trinidad da cuenta de una experiencia íntimamente humana que podría ser un tímido reflejo del mar que se desborda.
abrazo afectuoso
anamaría