Una vieja historia de la tradición cristiana cuenta
que San Agustín, paseando un día por el borde del mar y meditando sobre la
Trinidad, se dio con un niño intentando colocar agua del mar en un pequeño hoyo
que había hecho en la arena. Al preguntarle qué estaba haciendo, el niño
respondió “Quiero poner toda el agua del
mar aquí”; Agustín sonriendo de su ingenuidad, le replicó que ello era
imposible. El niño a su vez le contestó: “pues
más imposible aun, es entender la Trinidad”. El niño era una visión del
mismo Cristo.
La anécdota refleja la dificultad intrínseca a la
lógica de la revelación cristiana de un Dios Trino y Uno a la vez. Todos los creyentes
hemos pasado alguna vez por el proceso de tratar de entender este “Misterio”.
Al menos, en la catequesis. Lo de una luz que se refracta al pasar por un
prisma, o de los pétalos de una flor o de los tres fósforos que unen sus fuegos
en uno solo. Ninguna de esas imágenes nos es suficiente. Como suele suceder en
las verdades de fe, pueden ser quizá más sencillas de lo que uno imagina, sin
por ello dejar de ser inalcanzables por la razón. La paradoja es consubstancial
a la fe.
La anécdota de la historia de Agustín enfrentado al
misterio, habla del temor a pensar que por el hecho de que Dios es
inalcanzable, no podamos seguir en nuestro empeño de conocerlo o entenderlo. La
teología, la oficial y aquella no tan oficial de los místicos, es la muestra de
este intento. Hoy en día además, pienso que debemos plantearnos estas preguntas
al lado o junto a la proliferación de otras creencias, tanto de las viejas
religiones como de las del new age
que indican -nos guste o no, una sensibilidad cada vez más creciente por ese “misterio”
de la existencia misma.
Cuando Cristo denominó Padre al Dios que había “heredado” en su tradición judía, no estaba
haciendo nada que fuese una novedad; sólo llevaba al extremo una afectividad
que no era tan común. Lo escandaloso fue que se situó como Hijo ante El y en esa intimidad,
alarmó los espíritus anquilosados de sus compatriotas. Ahora bien, dos mil años
después, con la transmisión de la información
(y sus secuelas de confusión de contenidos, amén de la simplificación de
las explicaciones pastorales o del congelamiento de las metáforas propias de la
nominación de una realidad trascendente hasta caer en el literalismo) lo que
tenemos es que en la sociedad post-cristiana la noción de “misterio” termina
por ser cajón de sastre en el que se mete todo aquello que no se entiende y que
debería explicarse mejor. Los libros de teología de hoy, muchos de ellos
fascinantes, abordando temas complejos y variados que van desde el análisis de
la creación a la luz de Darwin o la mecánica cuántica, los temas de género y la
sexualidad, la bioética y la ecología, etc, no llegan al público, máxime en un
país como el nuestro en el que la reflexión intelectual intra-eclesial deja
mucho que desear.
El resultado: no abordamos temas centrales de nuestra
fe como el tema del sentido y significación de nuestra creencia trinitaria ante
al embate de creencias igualmente complejas y a las que no sabemos cómo “enfrentar”.
El enemigo no necesariamente lo tenemos fuera de nuestro circuito cristiano; está
dentro y quizá al interior de nosotros mismos, en medio de nuestros miedos e
ignorancias que no nos dejan aflorar nuestros cuestionamientos para tematizar
conceptos y reflexiones que son cruciales para la vivencia de nuestra fe.
Termino este post con sólo una idea, extraída de la
corriente mística de la Iglesia. Para Henri Herp (o Harphius), franciscano del
siglo XV, el ser humano es capaz de
ver a Dios gracias a la contemplación, ejercicio de una oración que penetra en
un proceso lento de abstracciones, hasta llegar a “ver” a “Dios sencillamente se manifiesta sin distinción de personas, tan sólo
en la desnudez de su naturaleza y sustancia. Pero no se manifiesta tal cual es
en su inefable gloria”. Dicho de otra manera, el Dios trinitario lo es en tanto que se relaciona mediante
esta manifestación con nosotros humanos. Místicos como Eckhart llegan a
hablar de la “Deidad”, principio divino por antonomasia que en esta vida
terrena no podremos entender. Antonio Ruiz de Montoya, místico limeño del siglo
XVII dice que en estas cumbres de la comprensión de lo divino, lo que el alma
percibe es antes que un descubrimiento, un encubrimiento, y que paradójicamente,
este encubrir nos revela con mayor claridad
la inefabilidad (es decir, que nada puede decirse) e incomprensibilidad de esta
Deidad (o Dios “Uno”).
Esta
es pues, una primera dimensión del Dios revelado por Jesús, el Dios “Uno” que
sobrepasa nuestra comprensión humana. De El emana la misma “creación” y todas
las creaturas que puedan existir en esta y en múltiples virtuales dimensiones
paralelas como las imagina la ciencia contemporánea. En El vivimos, nos movemos
y existimos (Hechos 17, 28). Esta noción de lo divino es la que más nos acerca
a todas las otras religiones. Un Dios cuyo nombre “está sobre todo nombre” (Fil
2, 9), inefable, que sobrepasa nuestro entendimiento.
Sin
embargo, el cristianismo también nos ha dotado de otra intuición poderosa y que
compete a la humanidad: ese Dios cuyo nombre está sobre todo nombre,
incomprensible y Misterio total es, paradójicamente a la vez, íntimo y cercano
debido a su rol protector y paternal.
Pero también es intrínseco a lo humano, potencialmente revelable en cada rostro
y ser humano por su naturaleza filial.
Y a la vez, ese mismo Dios misterioso no hace sino actuar dinamizando todo lo
creado, insuflándolo de su “espíritu”. Esta dimensión trinitaria, es la cara “humana”
de la comprensión de esa Deidad incomprensible. Así, el Dios misterio es a la
vez, un Dios totalmente íntimo a nosotros, en el concepto trinitario. Paradoja
que se explicaría por nuestra naturaleza semi-divina. Volveremos sobre este punto
luego.


1 comentarios:
Querido Juan, siempre interesantes tus planteamientos. Ahora me dejas pensando que el concepto trinitario es precisamente eso:un concepto, un instrumento humano como el pequeño hoyo en la arena;la realidad última sería tan poco contenible en el hoyo como en el concepto. Tal vez la Trinidad da cuenta de una experiencia íntimamente humana que podría ser un tímido reflejo del mar que se desborda.
abrazo afectuoso
anamaría
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